La guerra entre Israel y Hamas ha desatado una ola de diplomacia por parte de Rusia, que busca sacar partido del conflicto para aumentar su influencia en la región y erosionar la de Estados Unidos. El presidente ruso, Vladimir Putin, ha hablado con varios líderes involucrados o afectados por la crisis, expresando su pésame por las víctimas israelíes, pero sin condenar los ataques de Hamas. También ha pedido un cese al fuego y ha responsabilizado de la situación a la política estadounidense.
Estas acciones revelan dos objetivos: el alejamiento de Rusia de Israel, su antiguo aliado, y el aprovechamiento de la guerra entre Israel y Hamas como una oportunidad para socavar y distraer a Occidente. Este esfuerzo será bien recibido por China: de hecho, Putin acaba de llegar a Beijing para participar en la cumbre Belt and Road, organizada por Xi Jinping. Por su parte, Joe Biden viaja a Israel para reunirse con Benjamin Netanyahu y tratar de influir en la respuesta militar israelí, asegurar un flujo de ayuda a Gaza y disuadir a Irán y sus aliados. Las agendas de viajes de los rivales muestran un mundo dividido en torno a Ucrania, Oriente Medio y otros temas.
Netanyahu solía llamar a Vladimir Putin su “querido amigo”. Ha visitado Rusia una docena de veces en los últimos años. Por eso debe de haberle sorprendido que el presidente ruso tardara nueve días en llamarle tras el atentado mortal de Hamas en el sur de Israel. Rusia apenas ha tenido palabras de censura para los militantes, a pesar de los informes de que, entre tantos otros, mataron a 16 de sus ciudadanos, y de que ocho más podrían estar desaparecidos1.
Netanyahu había estado cortejando a Putin por el papel de Rusia en Siria, el vecino inmediato más inestable de Israel. Rusia ha estado apoyando al régimen de Bashar al-Assad, el dictador asesino de Siria, mediante bombardeos indiscriminados contra diversos grupos rebeldes. Netanyahu quería asegurarse de que Israel sería libre de perseguir sus propios intereses en Siria, incluidos ataques aéreos periódicos, sin impedimentos rusos. Algunos sostienen que Netanyahu, el político dominante en Israel durante las dos últimas décadas, también tiene afinidad con hombres fuertes como Putin. No se atrevió a criticar a Rusia por su invasión de Ucrania y, cuando lo hizo, se quedó callado. Tampoco suministró armas a Ucrania, a pesar de las peticiones ucranianas1.
Existe una gran afinidad potencial entre Rusia e Israel: el 15% de los israelíes hablan ruso, debido a sus orígenes en la antigua Unión Soviética. Putin parece admirar a Israel como potencia regional musculosa que no teme hacer valer su peso, y acogió con satisfacción la aparente indiferencia de Netanyahu ante los fallos democráticos de Rusia1.
Sin embargo, esta relación se ha enfriado desde que Estados Unidos reconoció a Jerusalén como capital de Israel en 2017. Rusia se opuso firmemente a esta decisión y reafirmó su apoyo a una solución de dos estados basada en las fronteras anteriores a 19672. Además, Rusia ha mantenido contactos regulares con Hamas, considerado como un grupo terrorista por Estados Unidos e Israel. En 2017, Putin recibió al líder político de Hamas, Ismail Haniyeh3. En 2020, Rusia invitó a una delegación de Hamas a Moscú para participar en un diálogo inter-palestino. Y en abril de 2023, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, se reunió con el jefe de Hamas en el exilio, Khaled Meshaal.
Rusia ve a Hamas como un actor legítimo y un socio potencial para la estabilidad regional. También busca aprovechar la influencia de Hamas en Gaza para contrarrestar la de Irán, su rival por el liderazgo en el mundo musulmán. Irán ha sido el principal proveedor de armas y fondos para Hamas, y ha alentado a los militantes a seguir atacando a Israel. Rusia, en cambio, ha tratado de mediar entre Hamas e Israel, ofreciendo su ayuda para negociar un alto el fuego y facilitar la reconstrucción de Gaza.
Rusia también tiene intereses económicos y estratégicos en Oriente Medio. Rusia es el segundo mayor exportador de gas natural del mundo, y compite con Israel por el mercado europeo. Israel ha descubierto grandes reservas de gas en el Mediterráneo oriental, y planea construir un gasoducto con Chipre y Grecia para suministrar a Europa. Rusia se opone a este proyecto, y ha apoyado a Turquía, que también reclama derechos sobre las aguas donde se encuentra el gas israelí. Además, Rusia quiere expandir su presencia militar en la región, y ha establecido bases aéreas y navales en Siria. Rusia también ha vendido armas avanzadas a países como Egipto, Irán y Turquía.
Por todo ello, Rusia ve la crisis de Oriente Medio como una oportunidad para debilitar y desviar la atención de Estados Unidos, que sigue siendo el principal aliado de Israel y el garante de la seguridad regional. Rusia quiere erosionar la credibilidad y la influencia de Estados Unidos en la zona, y presentarse como una alternativa más fiable y pragmática. Rusia también quiere aprovechar la crisis para acercarse a China, su socio estratégico en la oposición al orden mundial liderado por Estados Unidos. Putin y Xi han coincidido en condenar la injerencia estadounidense en los asuntos internos de otros países, y han abogado por una solución pacífica y multilateral al conflicto entre Israel y Hamas.
En definitiva, Putin pretende sacar provecho de la guerra entre Israel y Hamas para avanzar sus intereses geopolíticos y económicos en Oriente Medio, mientras se distancia de Israel y se alía con China. Su plan es ambicioso, pero también arriesgado. Puede que no logre convencer a las partes en conflicto de que acepten su mediación, o que se enfrente a una reacción adversa de Estados Unidos y sus aliados. Además, puede que no consiga equilibrar sus relaciones con los diferentes actores regionales, que tienen agendas contradictorias e intereses divergentes. Putin juega con fuego en Oriente Medio, y puede quemarse.

