Los secretos más oscuros y jamás contados de Vladimir Putin

La fortuna de Vladimir Putin es uno de los secretos mejor guardados del mundo y uno de los asuntos que más teorías conspiratorias despierta a nivel global.

Hace años que los servicios de información estadounidenses lo bautizaron como el ‘macho alfa’, un apodo que se hizo público por Wikileaks.

En esas notas internas el cuerpo diplomático lo llamaba Batman. A Dimitri Medvedev, que le ‘cuidó’ el Kremlin cuatro años durante su ‘alternancia’ en el poder, le tocaba el papel de Robin.

Los medios rusos recogen fielmente cada una de sus gestas como macho alfa. Pescar peces enormes en el río Tuva, guiar a las aves desde un ultraligero, pilotar helicópteros de rescate, sumergirse en agua helada y -sobre todo y para mayor fama- cabalgar sin camiseta a lomos de un caballo por los valles de Siberia son los episodios que han esculpido su imagen de hombre de acción siempre en forma.

Putin fue un niño menudo, algo más bajito que sus compañeros de clase. El judo y otras artes marciales como el sambo lo apartaron de las malas compañías, el tabaco y el vodka.

Los elevados activos de Putin

La fortuna de Vladimir Putin es uno de los secretos mejor guardados del mundo y uno de los asuntos que más teorías conspiratorias despierta a nivel global.

Oficialmente, su salario como presidente de la Federación Rusa es bastante más pequeño del que disfrutan otros muchos líderes políticos.

Según el Kremlin, esta cuantía asciende -aproximadamente- hasta los 118.000 euros al año… muy lejos -por ejemplo- de los 400.000 dólares anuales que recibe Joe Biden en calidad de presidente de Estados Unidos.

De acuerdo con medios internacionales estas cifras no encajan con su presuntamente ostentoso estilo de vida.

Aunque Putin solo admite la titularidad sobre tres coches y dos apartamentos (uno de 75 metros cuadrados y otro de 150 metros cuadrados), son muchos los que sostienen que hay muchísimo más dinero escondido.

Análisis sobre Putin

Según los expertos en el sistema político y económico ruso, la enorme corrupción que padece Rusia tiene su origen en las privatizaciones consecuentes al derrumbe de la Unión Soviética.

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En aquel momento, un grupo de magnates y banqueros se hicieron cargo de los muchos activos estatales del periodo comunista, y a cambio financiaban y ayudaban a permanecer en el poder al ex presidente Boris Yeltsin.

Con la llegada del actual presidente cambió drásticamente el equilibrio de poderes.

El círculo de confianza de Boris Yeltsin fue desplazado -casi por completo- por otra casta oligárquica leal al nuevo presidente.

Y desde entonces, “todo el que es alguien” en Rusia, sabe que no puede hacerse nada sin el beneplácito del “hombre fuerte” del Kremlin.

Lo que mejor ejemplifica cómo funciona este sistema es el relato del ascenso y la caída de Mijail Jodorkovski, uno de estos oligarcas rusos que -en cierto momento- dejó de ser del círculo de Putin.

En el año 2002, su empresa, Yukos, controlaba el 17% de la producción de petróleo del país y su fortuna personal alcanzaba los 3.700 millones de dólares. Lo que le convertía en el hombre más rico de Rusia de aquel momento.

“El trato fue: ‘Me das el 50% de tu riqueza y te dejo quedarte con el otro 50%’” (…) “Si no lo haces, tomaré el 100% de tu riqueza y te meteré en la cárcel”, así explicaba la jugada Bill Browder, cofundador del fondo de inversiones Hermitage Capital Management.

El fantasma de la muerte

El caso del envenenamiento con polonio radiactivo de Alexander Litvinenko es tan relevante para Occidente como la instalación en Europa de elementos del escudo antimisiles estadounidense lo es para Rusia.

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El asesinato del ex espía ruso en Londres ha reavivado el miedo a que los servicios de seguridad de Moscú sigan actuando según las viejas tradiciones siniestras del KGB.

El temor es reforzado por el atentado que en 2004 costó la vida al líder independentista checheno Selimján Yandarbíev en Qatar, por el que fueron condenados dos oficiales del espionaje militar ruso, extraditados después y recibidos como héroes en su país.

El asesinato de Yandarbíev gozó de amplia comprensión entre quienes apoyaban la mano dura contra el independentismo checheno, y las autoridades, conscientes de ello, no se preocuparon por guardar las formas.

El caso de Litvinenko es distinto, pues difícilmente puede esperarse que los servicios de seguridad rusos, desde cuya perspectiva se justifica liquidar a un «traidor», se responsabilicen por la chapuza de haber puesto en peligro la vida de decenas de personas manipulando sustancias radiactivas de forma temeraria.

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